Cuanto daño podemos causar incluso con la mejor de las intenciones. Es un tema que analicé hace años cuando encontré un gatito negro en una plazoleta de mi barrio. "Pobre gatito" pensé llena de compasión y amor por ese pequeño ser fragil y amenazado en una ciudad. El gatito huyó de mí y se escondió en unos setos. Yo, llena de determinaciones adoptivas, le seguí y agachándome aparté el follaje para encontrarle. Al rato agarraba su cuerpecito y lo sacaba a rastras, mientras él se resistía entre las ramas. De pronto, mi mirada se quedó hipnotizada por las pupilas dilatadas de un gato adulto. Era su madre, agazapada junto al resto de su prole. Percibí profundamente su terror y retiré prontamente la mano alejándome cuanto antes para no prolongar ese episodio de sufrimiento psicológico animal. Pero eso me hizo reflexionar.. J.A. vino el jueves a una constelación individual. En el transcurso de un intercambio filosófico al finalizar su sesión, me ha contado la historia del mono y del pez que me devuelve intacta la sabiduría encerrada en mi anecdota vital. Un mono estaba encaramado en un arbol inclinado sobre un lago. Debajo de él, vió un pez y pensó "pobre animal, no puede respirar en el agua. Le ayudaré.". Sacó el pez del agua y lo colocó cuidadosamente en una rama muy alta... Extrapolemos este cuento. Cuantas veces ayudamos a quién no nos lo ha pedido. Cuantas veces decidimos unilateralmente lo que es bueno para otro. Y que decir del abanico de repercusiones negativas que recogemos y provocamos por ello. Hum... |






